José Miguel Gaona
ISBN: 8497340167
Capítulo 1
¿Qué es la autoestima? Al entrar en aquel enorme edificio, Marta comprendió que aquella noche de graduación iba a ser más especial de lo esperado. Todos sus compañeros compartían el nerviosismo del momento. Sus nombres eran leídos, y se escuchaban por unos enormes altavoces por todo el aula magna. Uno a uno se acercaban al centro del estrado, donde, entre vítores y aplausos de sus familias y amigos, recibían su diploma de manos del decano. Marta avanzó, decidida como siempre, a recoger el fruto de arduos años de esfuerzo. Toda la sala estalló en un sonoro aplauso. No era especialmente inteligente, ni tampoco excesivamente guapa, pero todo su ser desprendía un halo de seguridad y de felicidad que, como un faro, irradiaba a los demás. El chico más atractivo o la compañera más inteligente de la clase habían acudido en más de una ocasión a pedirle consejo. Marta sabía elegir y tenía confianza en sí misma, pero, desde luego, aspiraba a ser feliz. Desde niña había aprendido que merecía ser feliz. Marta no se contentaba con menos, ya que conocía su propio valor. Era poseedora de un valor, fuente de riqueza para ella y los que la rodeaban: autoestima. Resulta difícil definir la autoestima, no sólo por su significado, sino por el uso erróneo que se hace de ella con frecuencia. Por ejemplo, es usual escuchar frases del tipo «Con este traje su autoestima mejorará», o bien, «Tal actitud es mala para mi autoestima». De esta forma equivocada atribuimos a factores de origen externo algo que, en realidad, pertenece por completo a lo más íntimo: el eje de nuestro ser. La autoestima es el origen de muchas actitudes o acciones; así, ayudará a valorar la compra de un traje o un vestido, pero no al contrario. Un traje de una marca determinada, por ejemplo, no influirá nunca para elevar nuestra autoestima. La palabra autoestima está compuesta por dos conceptos, el de auto, que alude a la persona en sí misma, y estima que designa «valoración», en definitiva. Por tanto, podemos definir la autoestima como la valoración que una persona hace de sí misma, de su propia valía. La autoestima es, en definitiva, y sobre todo el concepto, positivo o negativo, que tenemos de nosotros mismos, pero que en absoluto hemos de confundir con lo que los demás piensen de nosotros. Por mucha admiración que provoquemos a nuestro paso, por muchas exclamaciones de sorpresa ante nuestros encantos o posesiones, en realidad la autoestima se manifiesta cuando estamos solos con nosotros mismos, nos miramos al espejo y nos damos cuenta de quiénes somos realmente. Esa emoción de autoestima es una sensación íntima: habita en lo más esencial de nuestro ser. Nos encontramos con alguien que sólo nosotros llegamos a conocer y en ese momento somos conscientes de nuestros valores y de nuestros defectos. Por tanto, para conocer nuestro nivel de autoestima, el único «termómetro» válido somos nosotros mismos, que en absoluto hemos de confundir con los indicadores que nos marcan las impresiones u opiniones de nuestra propia familia o conocidos, de los que nos quieren, porque quizá nos sintiésemos igualmente insignificantes en la intimidad. Rodearnos de lujos y objetos de marcas reconocidas que provoquen la envidia de amigos y familiares no nos harán sentir mejor, si nuestra propia autoestima no tiene «marca» de buena «calidad». Esther, abogada de reconocido prestigio y amante de aparecer en portadas de importantes revistas, poseía una casa de unas dimensiones fuera de lo normal, sobre todo teniendo en cuenta que no tenía pareja estable ni hijos. Poseía varios automóviles, sirvientes por doquier. Los cuartos de baño tenían tal cantidad de colonias y esencias que parecían cualquier departamento de perfumería de un gran almacén. Con grandes dotes para la tiranía y fuertes ataques de ira, amedrentaba a socios, clientes, jueces y fiscales. Esta mujer famosa y atractiva se convertía en verdadera pesadilla cuando sentía el desafío, imaginario o no, de cualquier persona. Las frases favoritas de Esther eran: «No puedo soportar esto» o «No puedo soportar esto otro». La intolerancia y las actitudes negativas la habían convertido, progresivamente, en una persona «incómoda» para muchos de sus conocidos y amistades. Esther, en realidad, no soportaba los errores y las faltas ajenos, porque no había aprendido a sufrir las propias: no se toleraba ella misma. Su autoestima, precariamente construida desde su niñez, no la convertía en correcta candidata a enfrentarse a los desafíos básicos de la vida —el amor, las relaciones con familia y amistades, saber elegir y ser eficaces en nuestro trabajo, etc.—. En definitiva, era incapaz de ser feliz o, por lo menos, de emprender el camino para lograrlo. A pesar de ser el blanco de miradas y la envidia de muchas mujeres que no la conocían en su intimidad, Esther no se gustaba a sí misma, es más, se aborrecía profundamente. Muchas personas pueden admirarnos y nosotros percibir dicha admiración, pero, sin embargo, sentirnos miserables cuando nos enfrentamos al espejo de nuestra autoestima. Pensemos, por ejemplo, en la multitud de personajes conocidos que tienen que depender de sustancias y drogas para poder seguir adelante y, en muchos casos, llegan a quitarse la vida. Todo un mundo de admiración por nosotros no sustituye lo más importante: admirarnos a nosotros mismos.
© La Esfera de los Libros, S.L. Avenida de Alfonso XIII 1, bajos. 28002
Madrid
Teléfono: 912 960 200. Fax: 912 960 206. e-mail: laesfera@esferalibros.com
Páginas optimizadas para Internet Explorer 5, Netscape 4 con resolución de
800x600 y 1024x780
|